En un país desconocido

La primera feria del capón de la que fui consciente fue una sorpresa. No sé cuando fue (tendría yo cuatro años), sé cómo: yendo hacia la escuela de Doña Amelia. Ir a esta escuela se debía, por un lado, a la mayor confianza que entonces había en la enseñanza privada, pero también a que, al quedar en la parte superior de la Plaza, desde la Porta de Cima no tenía que cruzar ninguna calle. Entonces no existía el tráfico por este trayecto.

El recorrido era apenas un suspiro, poco más de cuatrocientos metros libres, en los que marcaba récords a diario, excepto cuando encontraba obstáculos en el camino. Uno de esos obstáculos fue la primera feria del capón. Filas de cestas situadas a lo largo de la plaza, llenas de animales amarillos sobre fondo blanco, y cientos de personas alrededor como en un culto milenario en honor de un pequeño dios de formas extrañamente familiares.

Era como llegar de repente a un país desconocido, donde contemplas extrañas ceremonias en las que no dudas en participar, como si en eso te fuese la vida.

Nunca en mi vida había visto un capón, ni vivo ni muerto. ¡Qué extraña hermosura! Inolvidable!.

Después me fijé que en las aldeas del contorno en la parte baja del banco de la cocina, había una pequeña cárcel en la que había que tener cuidado para que los afilados picos no mordieran en mis piernas desnudas. ¡Y qué difícil no caer en la tentación de dar la vuelta a la clavija para poner en libertad a aquellos prisioneros condenados a morir a plazo fijo!

Pasarían treinta años hasta que volví, ya mayor, al pabellón de los deportes. Casi nada era lo mismo. Lo había dicho Manuel María: Ni el ambiente, ni el frío o las zuecas chinelas. Sí los capones, siempre el centro del culto. Y yo, nunca sacerdote, mero testimonio expectante, sería escribidor para contar en una crónica desde un país desconocido o triste, sino de los llamados a ser gallos que, perdiendo la masculinidad en el camino, morían capones para ser apetitosa comunión al final de un larguísimo, complicado y planificado proceso. Y yo contando la crónica desde ese país desconocido llamado Villalba, para proclamar el nuevo rito.

Siempre soñé con ser cronista viajero y desde cualquier país del ancho mundo mandar vivas crónicas – radiofónicas, primero, para la prensa escrita con más calma – sobre exóticas costumbres observadas en mi caminar. Con los años, reafirmándome en la vocación, mando de vez en cuando alguna crónica desde lejanos lugares de costumbres peculiares, que siempre globalmente se llaman Galicia. Y cuando encuentro el más hermoso y original, destacado y deslumbrante, descubro que estoy en Villalba. Como ahora, en la Feira del Capón. Para nosotros, lo más normal y entrañable del mundo. Para o resto do mundo, crónica básica de un país desconocido, de costumbre singular, de riqueza gastronómica suprema y que, para dar razón del rito, hasta tiene una real Cofradía del Capón de Villalba, para proclamarlo urbi et orbe.

Como en un templo del sabor, aunque tenga forma de pabellón deportivo, como un rito que incorpora un sacrificio sangriento, como un turista aunque uno sea nativo. Como desde un país desconocido, pero desde la propia casa.

 

FERIA 2010

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