El Capón de Mayo

Ramón Pernas. La Voz de Galicia, 31/05/2009



Los gallegos somos personas extravagantes, caprichosas y un tanto sorprendentes cuando, sucede con frecuencia, nos salimos del guión previsto. Nos reunimos dos docenas largas de paisanos y, sin motivo aparente, dimos cuenta de un par de capones de Vilalba de más de cinco kilos cada pieza. Sucedió en un restaurante como diría Agustín Lara, postinero, de buena vecindad con la puerta de Alcalá que hacía de frontispicio.

Nos convocaba un mecenas vilalbés que ejerce la abogacía en el foro desde hace más de cuarenta años y que oficia de sumo sacerdote, hermano mayor, manillero áureo, gran preboste o similar de una autodenominada cofradía del capón de Vilalba, que mal que le pese a Alfonso Ussía, que compartió mesa, mantel, muslo y pechuga, es más famoso y sabroso que su homónimo de Cascajares, muy celebrado en la capital del Reino.

Comer un capón en mayo y en Madrid contraviene todas las rancias tradiciones, incluso las leyes gravitatorias y la teoría de la relatividad, y no digo nada del tercer principio de la termodinámica. Haría, eso sí, las delicias de mi maestro Cunqueiro, que si fuese el anfitrión narraría a Néstor Luján y a Juan Perucho las conveniencias de degustar tan magnífica joya de la volatería autóctona.

Relataría don Álvaro que los ejemplares que trinchaba el maitre se habían criado entre las nieblas de la laguna de Cospeito dentro de una caja de madera de caoba que trajo de Cuba un indiano, y añadiría que la pareja de pollos procedían de una pita que ponía todos los huevos de dos yemas, y eran por lo tanto gemelos. Por supuesto ambos tenían nombre, digamos que Cástor y Pólux, y que fueron criados con albóndigas especiadas con frutos de Alejandría que se amasaban con Calvados y Kummel de Riga, responsables de ese sabor a saudade que se queda toda la tarde enredado como un alalá que se deshace en la boca como una claudia japonesa.

Lo cierto es que la velada fue pasando entre anécdotas jurídicas, alusiones reiteradas a Rouco y a Fraga y a lo insólito de estar celebrando la navidad en la segunda quincena de mayo gentes sin demasiada relación entre sí presididas por el anfitrión que regresaba del Renacimiento bajo la aguda y sabia mirada de Antonio Mingote.

Lo cuento tal como ha sucedido, y aprovecho para detenerme en un oasis dentro del desierto de arenas políticas que nos acosa y envilece. Así ha sido. Solo nos faltó cantar villancicos.

 

FERIA 2010

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