Adolfo de Abel Vilela (1983)

Pregón Capón Vilalba 1983

Señoras, señores, jóvenes y niños, villalbeses y forasteros:

 

Sed bienvenidos a escuchar los pregones que os va a leer el pregonero por orden superior del señor alcalde, en la víspera de la única feria del mundo que vende animales de pluma sin ella.

Me encuentro hoy en tierras amigas y hospitalarias, tierras de gentes trabajadoras y de hombres ilustres. Estoy en el antiguo condado de los Montenegros, denominado así en el Concilio que se hizo en Lugo en el siglo VI. Vengo a Santa María de Montenegro, la tierra donde los condes que llevaban este nombre, levantaron en el siglo XIII el castillo que hoy conserva como testimonio de aquel tiempo, la torre del homenaje. Estamos, según nos dicen los documentos medievales, en la Vila Alba, al fin, por la evolución lingüística en Villalba, la villa blanca donde los caballeros, por tener, tuvieron todo: hora, cuchillo y derecho de pernada. Donde los vasallos, carentes de mucho, unas veces fueron sumisos y otras se levantaron contra el abuso y la tiranía de sus amos.

 

Pero Villalba es algo más que un recuerdo histórico, es algo más que una villa. Villalba es también las tierras de su alrededor, con sus castros a los que llegó la cultura de Roma, y sus costumbres, continuadas por el pueblo a lo largo de los siglos hasta nuestros días. Es así como todavía tenemos el arado, el yugo, el carro y otros instrumentos empleados en el campo; costumbres enraizadas en el pueblo, creo que no es arriesgado decir que los quesos de San Simón, únicos en España, y tal vez en el mundo, son la pervivencia de una tradición romana, como romanos son también los capones de reconocida fama en estas tierras.

 

Sirva de testimonio de cuanto os digo un escrito del poeta latino de origen hispano, Marco Valerio Marcial, autor de catorce libros de epigramas en los que refleja con gran sentido del humor, a la sociedad romana de su época. Marcial, haciendo una comparación entre una pequeña propiedad que le había regalado su amigo Lupo, y el latifundio que en Bayas tenía otro amigo llamado Faustino, dice:

 

...y no llega nunca el rústico labrador con una mano llena de nada y ora cosa de ninguna a saludar a su amo: uno le trae miel blanca en su panal, el del fragoso país de Sasina le trae un queso cónico; otro le ofrece lirones somnolientos; éste un cordero que balando llama a su velluda madre, y aquel, capones, obligados ya a no amar.

 

Como podéis ver, Marcial nos habla aquí de dos cosas originales en esta tierra: los quesos cónicos y los capones. Los quesos cónicos de San Simón da Costa, donde precisamente se encuentra el castro de Vilamaior, donde quizás llegó un día un romano, que desde las lejanas tierras de Sasina, trajo, y dejó, esa forma especial de hacer los quesos que permaneció hasta hoy a lo largo de los siglos. Hombres que vinieron a romanizar, a traer la cultura romana a estas tierras de la Gallaecia, conviviendo con los naturales de este país. Tenemos ejemplos de su presencia en el castro de Gondaisque, y en el de Ladra, Vilar Alto o Vilar do Castro.

 

¿Quién nos dice que en la villa romana de Quintá, o Medorra de Quintá, en San Xurxo de Rioaveso, no se criaban los capones, con todas las de la ley, castrados o, como dice Marcial, obligados ya a no amar?

Si allí hubo una villa, como en todas las villas tuvo que haber, gallos, gallinas y capones. Los romanos daban gran importancia a las granjas avícolas y a los palomares.

Marco Terencio Varron, en su Tratado de Agricultura, dividido en tres libros, dedica el tercero a los productos de las aves, y habla de ceba de los pollos.

Columela, en sus doce libros, dedica el octavo a las aves y a los peces. Habla del establecimiento de los gallineros, de la compra de las aves, de las razas, y su cuidado y mantenimiento, de cómo se han de cebar las gallinas, etc.

Catón, en el tratado agrícola que escribió con el título Re Rústica, dedica el capítulo ochenta y nueve a la ceba de los pollos y los patos.

Así pues, los romanos, pueblo de labradores, hombres cultos, buenos comedores y deleitadores de los gustos, consideraban al capón como un buen manjar, digo de ofrecer al amo, como muestra de respeto y aprecio, y al convidado como máxima de que todo placer regido por el gusto es casto.

 

Nosotros, en esta esquina de la tierra, aislados del mundo, cerca de su confín, en el Finis Terra, seguimos guardando las tradiciones, los modos, las costumbres y las formas de aquellas gentes que fueron nuestros antepasados; al fin y al cabo, pertenecer a la civilización occidental, significa haber sido romano.

 

El capón era el manjar que en otros tiempos sólo comían las clases privilegiadas que en la Edad Media recibían los señores, sacerdotes y frailes, como renta o décimo por parte de los vasallos y de los fieles.

 

El capón era bocado predilecto en los monasterios. Se cuenta que en uno de los cenobios había algún tiempo que los frailes no andaban muy bien de salud. Entonces, el prior llamó al médico que, después de observar a los enfermos, les comunicó que la causa de sus males era el comer en demasía. El prior reunió a los frailes en capítulo para explicarles la situación en que estaban. Después de deliberar, uno de ellos se atrevió a decir lo que pensaban sus compañeros sobre aquella complicada situación:

 

Reverendo padre -dijo el fraile. Por este lado opinamos que, siendo como somos amantes de conservar las costumbres, pensamos que es mejor seguir como estamos: a pollo por barba, ¡caiga lo que caiga!.

 

El capón es una de las aves que, por su conformación, se puede tener como adecuada para gentes de buen vivir. Fue, sin duda, bocado de reyes y de nobles, del estado secular y del regular.

 

En 1668, cuando vino a Galicia el príncipe don Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV y de la artista Inés Calderón, pedían a Lugo desde A Coruña, gran cantidad de mantenimientos para el personaje y su séquito. Para recaudarlos, se hacía un reparto entre las jurisdicciones. De la de Xermar y Cospeito, salieron, entre otras cosas, cuarenta gallinas y cuarenta pollos.

El 8 de abril de 1690, llegaba a Ferrol la que había de ser segunda esposa de Carlos II, la reina Mariana de Neoburgo.

 

Para el consumo de su real casa, era preciso fornecer gallinas y capones. De distintos lugares de la provincia, reunieron en Lugo novecientas veinte gallinas y doscientos sesenta y tres capones. Todos los jueves tenía que haber en A Coruña trescientos veinte capones que en la mayor parte procedían de las tierras villalbesas.

 

El capón fue, y sigue siendo, moneda apropiada para pagar favores, recibir regalías u obtener gracias. Cuando vino a Lugo don Francisco de Aranda, oidor del Real Consejo, para disponer los lugares donde se había de alojar la reina Mariana de Neoburgo, el Ayuntamiento le regaló doce capones, entre otras cosas. Tal será el destino de muchos de los que mañana lleguen de Sancobade, San Xoán de Alba, Distriz, Noche, Lanzós, Gondaisque y otras feligresías de este ayuntamiento. Serán para honrar las mesas con manteles de muchos hogares que esta Navidad recordarán la gratitud de un favor recibido, o el afecto de una amistad continuada.

 

El capón villalbés, el mejor de cuantos se puedan criar en tierras cristianas y paganas, donde hay los mejores huevos del mundo, y si alguien lo duda que pregunten por Alonso de Lanzós que guardaba en su cuerpo de hierro un corazón de acero. Aquí no se permiten mezclas. Los pollos villalbeses son como los señores feudales de la antigüedad: tienen derecho de pernada con las gallinas de su gallinero. Las gallinas del país son galleadas por pollos del país. Después de que la gallina con su calorcito saca los pollitos a la primera luz de un día, la dueña de la casa, por el mes de abril, escoge los amarillos, aquellos han de recibir un trato adecuado a su fatal destino.

 

Privados del frío y de la lluvia, comerán harinas de trigo y de centeno. En el siglo XVII, los pollos de estas tierras comenzaron a comer el maíz, que recibió el nombre de “millo”, por comparación con el mijo que se cultivaba en abundancia y con el se pagaban las rentas.

 

Fue el asturiano don Gonzalo Méndez Cancio, casado con doña Magdalena de Luaces, natural de Abadín, el que en 1604 trajo a las tierras de Mondoñedo el primer maíz que se sembró en España. A partir de aquel momento, los capones de Villalba, sin tener nada que ver con las multinacionales y la mercadotecnia, adquirieron un cierto sabor americano.

 

Pasó el verano y llegó el otoño. Privados de los atributos, sin capacidad para poder amar, como decía Marcial, en el mes de noviembre, cuando además de las hojas de los árboles comienzan a caer las mejores aves de la cuadra, San Martiño, santo romano, presencia como los pollos van entrando en las caponeras, alrededor de la lareira, cerca del fuego que lo hará dormitar, pasando así los mejores cuarenta días de su vida.

 

La caponera es la cárcel de madera sobre la que sentarán los petrucios, los niños, las chicas y los chicos. Un cielo de culos en lugar de uno de estrellas. ¡Si los pollos hablasen! Cuantos chismes, cuentos, conversaciones y amoríos tienen que presenciar en la larga capilla, tratados a cuerpo de rey y de reo, bien mantenidos y mejor bebidos, gozando los últimos días.

 

Entre parrafada y parrafada la dueña y el dueño preparan con cariño la bicada, mojada en leche o vino blanco. El pollo, que no nació con aptitudes para mamar, prefiere el vino, pues también sabe que el agua destroza los caminos y que mi predecesor, don Camilo José Cela, en el último pregón tanto lo alabó que se olvidó del capón.

 Los capones de Villalba reciben tantos cuidados como los viejos que cobran el subsidio: comen caliente dos veces al día y hasta les dan una copita de coñac para que estén contentos y duerman bien.

 

Para dar de comer a un capón se pasa más tiempo que una madre con un niño mal comedor. Labor arriesgada pues, si no se hace con maña, se puede ahogar con la bicada. Cuentan que una señora de esta villa, de conocida familia, criaba dos capones para Navidad. A uno de ellos no le bajaba la bicada. La señora, al verse en el apuro, salió a la ventana gritando por una vecina llamada María da Caballera, voluminosa de cuerpo, servicial de espíritu, mujer de muchos saberes y buenas mañas. Al ver el caso, cogió el capón por las patas, le arrimó la boca al culo e y comenzó a soplar como si quisiese inflar el polo. Resultado: la bica salió por la boca. Moraleja: las cosas según salen, entran.

 

A tal hora, cientos de capones hicieron ya el sacrificio de su inmolación. Escaldados y desplumados, adquieren el color del oro que le da la paja de avena puesta en el fondo del cubo.

 

Sacados los menudillos, como si fuesen las entrañas ofrecidas por augúrelos; puesta la enjundia como si fuese el noble manto de un rey; encartadas las alas, como si fuesen las varillas de un abanico; colocados en la cesta sobre un paño blanco, como símbolo de una vida de casta; formando una corona de patas como signo de manjar regio, serán llevados a la feria con sello municipal y carné de identidad, pero sin fotografía.

 

El que mejor oferta haga llevará el capón. En 1690, un capón costaba dos reales; en 1840, seis; en 1982, treinta y dos mil reales; en 1983, X o un poco más.

 

Acabo ya. Quiero hacerlo con unas palabras del peregrino francés Jean de Tournai, a su regreso de Santiago en el invierno de 1489. En Bordeus tuvo que embarcar con otros compañeros para llegar a Dordogne. En la travesía lo pasaron apurado por una tempestad inesperada. Dice que aquella aventura acabó en Blaye, como siempre creyó que deberían acabar los duros problemas del camino: delante de una cena lista de buenos capones asados.

 

Así es como debemos acabar nosotros el año que termina, reunidos con los amigos y la familia, en una muestra de amor y solidaridad. Mis amigos: los pueblos, hasta ahora, perecieron siempre por falta de generosidad. En este tiempo de injusticias, de muertes inútiles, de falta de pan y de paz, recordemos que cuando hayamos olvidado las servidumbres inútiles y sacudido las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de los males verdaderos: la muerte, la vejez, las dolencias incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o traicionada, la mediocridad de una vida más amplia que nuestros proyectos y más oscura que nuestras ilusiones.

 

Paz, felicidad y salud, y el deseo más sincero del pregonero que os habló. Muchas gracias por vuestra atención, buenas fiestas y mejor año.

 

Adolfo de Abel Vilela

Villalba, 18 de diciembre de 1983

FERIA 2010

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